Estamos dormidos.
Somos como esos enfermos incipientes de diabetes, que no tienen síntomas y que en el fondo no le creen al médico que les prescribe cambios relevantes en sus vidas. Estropeamos nuestras posibilidades de tener un futuro sin darnos cuenta.
Cuando los esfuerzos de gente como Al Gore o James Lovelock nos tocan y vemos consternados los horrores del calentamiento global en un buen documental o en un artículo, nos convencemos por unos momentos de que es necesario hacer algo, pero ¿hacer qué?. La inercia del anonimato es, para la mayoría de nosotros, una especie de anestésico. Alguien hará algo. No yo, que por lo demás no soy experto en clima.
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Un amigo me pidió hace un par de días que le explicara mejor por qué estoy haciendo el curso de
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